La así llamada posmodernidad ha representado una aceleración nunca antes experimentada en los procesos de transformación histórica, una verdadera y propia mutación antropológica y, bajo muchos aspectos, un amenazante cataclismo, un anuncio de catástrofe, de un quiebre en los horizontes de realidades potenciales para la humanidad. Desigualdades sociales siempre más escandalosas, patología de la movilidad geográfica, horror económico, destrucción de cualquier residuo de un derecho internacional, guerras, pobreza y hasta hambruna, hasta llegar a la apocalipsis de Gaza, contundente y sangriento símbolo de los escombros de la falacia de la modernidad.
En este marco el mundo del trabajo ha sufrido telúricos procesos de debilitamiento y de empobrecimiento de las tutelas y de los derechos conquistados en siglos de luchas y contraposición a la prepotencia del capital deshumanizante y depredador. Una serie convergente y compleja de fenómenos económicos, políticos, culturales rompe definitivamente con el modelo anterior de las relaciones capital-trabajo. El resultado de todo ello es una acelerada expulsión de contingentes siempre más amplios de fuerza de trabajo de los procesos productivos, fuerza de trabajo que en parte (minoritaria) se reubica en formas mucho más precarizadas, inestables, flexibles, inciertas y con niveles de vida siempre más ínfimos.
Para la mayoría de los expulsados no queda otro destino sino el de volverse excedentes, innecesarios, prescindibles, desafiliados de cualquier contrato social, ya sea explícito que implícito. Esta forma dramática de expulsión no necesariamente se traduce en una migración de un lugar a otro, pero sí en una migración de un territorio de derechos, de protección, de certidumbre, a uno de horror, de desamparo, de inquietud y de angustia, además de carencias materiales. Esta exclusión masiva, éticamente repugnante, es la lógica intrínseca del actual sistema de acumulación, que recupera su rostro saqueador y bárbaro, una suerte de modernización infrahumana de la acumulación originaria. Se expulsa humanidad de cualquier lugar social, se les roba el sentido de una función social, de una identidad y de una pertenencia, haciendo patente el desmoronamiento de las antiguas solidaridades colectivas y una reindividualización de los riesgos.
Este nuevo régimen de acumulación pasa de la centralidad de la producción a la centralidad de la circulación y del consumo, llegando al fenómeno hoy hegemónico del hiperconsumismo. Al mismo tiempo se ha consolidado una radical aceleración en los progresos tecnológicos, desde la robótica, a la información, a la comunicación, a los ecosistemas tecnomediados, hasta el mundo del Big Data y lo que algunos autores empiezan a llamar la “dochumanidad” (Ferraris, 2021).
Esta nueva lógica de acumulación se traduce en una nueva forma de imperialismo del capitalismo neoliberal, que consiste no tanto en una dilatación geográfica (horizontal), sino en una expansión en profundidad (vertical), en las esferas de la experiencia humana todavía no subsumidas por la ley de la ganancia y de la plusvalía. Se trata, en otras palabras, de recuperar los rincones perdidos y de ponerlos al servicio de los procesos de valorización del capital: tiempo libre, escuela, espiritualidad, emociones, territorios interiores, cuerpos, deseos, sexualidad, recursos naturales, recursos tecnológicos, juego, cuidado, género, etnia, edad, cultura, afectividad, estética, lenguaje, capacidades cooperativas, entretenimiento, en fin la desnuda vida puesta a valor por el capital, en cada momento y en cada espacio. Pura biopolítica, puro biopoder, pura bioproducción, pura bioexplotación.
En esta nueva coyuntura histórica las infancias y las adolescencias están presentes, clavadas, explotadas, amenazadas, instrumentalizadas por este proceso que hemos llamado el desborde de la explotación económica. Y, sin embargo, casi nadie parece darse cuenta de ello, así como casi nadie parece darse cuenta que en esta condición de explotación económica de todas y todos los niños, niñas y adolescentes se incuban los gérmenes de una nuevo posicionamiento social de las niñeces, en cuanto productoras de riqueza, en cuanto sujetos económicos, en cuanto rebeldes a estas nuevas formas de explotación económica, que las acechan y las involucran con modalidades que habrá que seguir deconstruyendo, en fuerza de un pensamiento auténticamente crítico y sentipensante, instalado en la real y concreta coyuntura histórica en que hoy viven las infancias de todo el mundo.
